9.5.07

Destroy the museums, in the streets and everywhere



Un protestante anónimo que los medios han bautizado como "The
Splasher" está cubriendo los graffiti de Nueva York con cubos de
pintura y un manifesto condenando a los artistas callejeros de haberse
aburguesado. Una parte del manifesto dice Destroy the museums, in the
streets and everywhere.

Me ha recordado a una anécdota divertida que contó Mogens Jacobsen
cuando presentó su Crime Scene en el segundo Copyfight.

Crime Scene es un circuito cerrado en el que dos ordenadores, sin
teclado ni ratón, intercambian archivos de música. El intercambio
sucede de manera que, cuando uno de los ordenadores tiene el arcivo
completo, el otro ordenador lo solicita de vuelta y así hay una serie
de canciones en circulación, siempre las mismas, que van de un disco
duro a otro sin intervención humana de ningún tipo. La pieza se llama
Crime Scene porque los ordenadores están cometiendo una infracción,
aunque ninguna de esas canciones llegue a escucharse nunca. Con ella
Jacobsen quería mostrar los aspectos más absurdos de las leyes de
Propiedad Intelectual.

Las instituciones danesas encontraron la obra interesante pero no la
podían mostrar, precisamente porque vulneraba los derechos de los
artistas cuyas canciones se estaban intercambiando. Para solucionar el
problema, el ministerio de cultura propuso la siguiente solución: ¿por
qué no comprar los derechos de las canciones para ambos ordenadores?
Jacobsen, evidentemente, les tuvo que decir que no. Sin crimen, su
obra no tenía sentido. Irónicamente, estarían vulnerando sus derechos
de Propiedad Intelectual al alterar, aunque sólo fuera
conceptualmente, su instalación. Le habrían convertido en un fraude.

Me acordé porque son casos gemelos: después de tres décadas
discutiendo si el arte callejero es arte o no es arte, al integrarlo
finalmente en el canon académico junto con el resto del arte
contemporáneo, han alterando lo más esencial de su naturaleza, su
capacidad de existir fuera del sistema y contra el sistema. Que Marc
Schiller, de Wooster Collective diga que está desconsolado por la
facilidad con que se puede destruir una obra de arte de manera anónima
no hace más que confirmar las acusaciones. El grafitti no es eterno,
pertenece al entorno y cambia con él, igual que la relevancia de su
mensaje o la belleza de su representación. Un graffiti en un museo es
un fraude.

En mi última visita a Barcelona, un atractivo comisario de
exposiciones me dijo al oído: todos los museos deberían arder hasta
los cimientos. Parece que ya sois dos.